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Sobre la Xenofobia y a partir de ella

Updated: Oct 30, 2019

Por Adolfo Herrera Cuenca (el músico)

Nota del autor: Si es usted un venezolano hipersensible (como muchos), no le gusta que le digan “cosas feas”, no es dado a la autocrítica (como la mayoría de nosotros los venezolanos) le recomiendo que no siga leyendo porque el contenido de este artículo puede resultarle hiriente y mi intención no es otra que 1. La expresión de mi opinión con respecto a varios temas relacionados con la migración y 2. La reflexión sobre dichos temas en la búsqueda de la construcción de un país mejor. No espere, de ninguna manera, palmaditas de ánimo en la espalda. Queda usted advertido, y continúa bajo su propio riesgo.


Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente” - Mark Twain



Recién llegado de una accidentada semana entre Ecuador y Perú, he decidido romper mi silencio respecto a varios temas que nos ocupan a los venezolanos (sobre todo a los que vivimos FUERA de Venezuela). Después de sólo tres años fuera de mi país de origen (y que se sienten como “años de perro” por cuanto la cantidad de cosas que suceden en el proceso migratorio parecieran no tener fin), hay lugares comunes a nuestro proceso migratorio y lugares que no lo son tanto. La xenofobia tiene esa característica, se vive desde adentro y desde afuera y nos afecta de manera diferente a cada uno. Así como también cada uno tiene su interpretación de lo que ella ES, lo que IMPLICA y lo que NOS HACE SENTIR (la xenofobia).


En este viaje, fui a Ecuador y a Perú como parte de la banda acompañante del cantante venezolano José Luis Rodríguez mejor conocido como “El Puma”. En medio de los problemas políticos que ya son típicos de nuestra América Latina (protestas por el aumento de la gasolina en Ecuador y discrepancias en el congreso del Perú) las atenciones recibidas por los organizadores de los eventos fueron impecables. Logramos, a pesar de la suspensión del show en Guayaquil y Cuenca, hacer algo de turismo geográfico (en “la mitad del mundo”) y musical en Ecuador, donde compartimos con músicos extraordinarios. Hicimos luego en Perú otro tanto que giró alrededor de la gastronomía y la historia de Lima (en las ruinas de Huaca Pucllana). Justo antes de salir de Miami mi madre me dijo “ten cuidado con la xenofobia, que está dura en esos países” Y fue allí donde comenzó mi reflexión sobre estos momentos de rechazo hacia los venezolanos que estamos pasando como país emigrante. Debo decir que mi primer viaje fuera de Venezuela fue a los 7 años en 1982. Y que desde entonces, salir de Venezuela cada cierto tiempo fue una actividad recurrente en mi vida. Primero con mi familia y después debido a mi profesión de artista/músico. Sentir en carne propia el cambio de percepción sobre el país ha sido un viaje de emociones en si mismo. Pasar de ser alguien de un país que la gente no sabía donde estaba (en muchos lugares del primer mundo nunca habían oído el nombre Venezuela) a ser un país que tenía mucho petróleo y mujeres bellas, y luego novelas también (sobre todo para los países de habla hispana) para luego llegar a que te dijeran “¿Venezuela? ¡Chavez!” Y con el pasar de los años ese “Venezuela-Chavez” iba cambiando de tono primero medio cómico y luego mas grave hasta que terminó siendo un tono sombrío y preocupado. Comparto aquí algunas conversaciones que sostuve en varios momentos del viaje antes mencionado: En Ecuador un vendedor ambulante le dijo a un integrante de la banda “a los venezolanos hay que quemarlos a todos” lo cual me contó entre indignado, incrédulo y triste. Casi sin ganas de repetirlo. En Perú, uno de los choferes del transporte era venezolano y nos contó : “hay venezolanos que han robado y matado a gente que les ofreció su casa” lo cual, una vez compartidos mas detalles sobre los acontecimientos y el hecho de que había sucedido varias veces, nos dejó por el suelo. Por momentos, tuvimos la moral acabada. También nos contó que “a veces, abusan de los venezolanos, les ofrecen un trabajo para probarlos, los hacen trabajar y luego no les pagan” y finalmente, en otro momento, alguien me confesó “los venezolanos que sabemos trabajar muchas veces le quitamos el trabajo a los locales y eso no les gusta nada, por eso nos odian”.


Cada quién tiene su historia y sus recuerdos, en los míos hay recuerdos de burlas hacia nuestros hermanos Colombianos, Peruanos, Ecuatorianos, Chilenos, Bolivianos, Dominicanos y Haitianos (entre otros) que emigraron a una Venezuela próspera y segura (que ya no existe) cuando sus países enfrentaron diversos tipos de crisis que parecían no tener fin. En los años 80 recuerdo a la gente llamando “Colombiano” a alguien para llamarlo ladrón o indocumentado (situación por la que ahora pasan no pocos de mis compatriotas). Nacido en 1975, a mediados de los 80 solo contaba con 10 años. Tengo también recuerdos de gente (por supuesto mayor que yo) diciendo que los Ecuatorianos eran brutos y que los Peruanos no sabían trabajar (y el caso inverso también). Recuerdo a un albañil chileno llamado el Sr. Mario que hizo bastantes trabajos en mi casa (con mucho cariño además, porque me dejaba mezclar la tierra y el cemento con el agua). Cada vez que comento esto con personas de diversas procedencias y ocupaciones (siempre venezolanos), muchos recuerdan “el chalequeo” a cierto personaje extranjero, de su entorno particular, que tenía una u otra característica que los hacia diferente a nosotros. Por otro lado, hay otros venezolanos que pareciera que vivieron en otro país donde NUNCA se le dijo nada a nadie y siempre se respetó a cada persona. Algunos de los que se acuerdan también me dicen “pero era distinto”. Y la verdad es que siempre es distinto, cada recuerdo en cada cerebro es distinto. La misma realidad es percibida de manera distinta por cada persona. En mi opinión, en este caso, no es lo diferente sino lo semejante los que nos va a permitir aprender de nuestros errores y de nuestras experiencias combinadas con las de los pueblos que tienen tradición migratoria desde hace muchas décadas antes que nosotros y con los cuales hemos convivido siempre , sólo que ahora nosotros somos “los invitados”.


¿Qué me dirías si te digo que un conocido lejano llega a tu casa y la critica? La crítica y le parece poca cosa, porque “su casa” (la que tuvo que abandonar, la que perdió, la que ya no existe) era mejor. Ese conocido lejano, no deja de opinar en tono de juicio, sobre todas tus costumbres, le cuesta quedarse callado antes los errores y tiene una falta de paciencia a la que no estás acostumbrado. Todo le parece lento. ¿Le brindarías tu cariño de cualquier modo? ¿Comprenderías su situación y pensarías que está confundido? No lo creo. Probablemente lo echarías de tu casa, no de la mejor manera, y tratarías por todos los medios de que no volviera. Creo que la xenofobia es el miedo de los habitantes de un país frente a los extranjeros que han llegado para quedarse. Lo que es obvio para todos los habitantes de la región, pareciera no ser tan obvio para los venezolanos: ESTO NO ES UNA SITUACIÓN TEMPORAL. Esto es algo que viene sucediendo hace mas de cinco años y va en aumento, sin esperanza de disminución. Y esa esperanza inexistente no es la de los venezolanos (que se mantienen mas esperanzados que los músicos del Titanic, por cierto), es la de cada uno de los habitantes de los países a los cuales nos hemos movilizado. Ellos son los que ven con preocupación que no nos vamos a ir pronto. Que hemos llegado para quedarnos. Lo ven con mucha mas claridad que nosotros mismos, que muchos casos “estamos esperando el día que el gobierno caiga para regresar”.


Me resulta increíble la incapacidad de la mayoría de nosotros para reconocer las características de nuestra conducta que nos han hecho y nos hacen cometer errores. Me resulta doloroso encontrar un país que se niega a verse a si mismo con la honestidad que requiere el proceso de introspección que nos llevará a un verdadero desarrollo. Alcanzar la madurez como gentilicio depende de muchas cosas pero sobre todo depende de tener la valentía de asumir los errores y la fuerza y la energía para corregirlos. No existe o no debería existir lo uno sin lo otro. Mas que señalar errores en los demás, buscar los nuestros y nomás descubrirlos comenzar a trabajar en ellos. Corregirlos. Cada uno de nosotros. Ya Venezuela no es una excusa, porque no vivimos en ella. Venezuela y nuestro amor hacia ella debe ser la energía que nos alimenta a vencer los retos de cada día fuera de ella. Porque todos somos representantes del país. No solo los “influencers”. No sólo la gente famosa y reconocida socialmente. Todo el que es venezolano y está fuera de su geografía es un representante y como tal tiene la responsabilidad de cuidar su nombre.


Hablando nuevamente de este “conocido lejano”, podemos decir que tiene un sentimiento único, cree que es muy especial, que tiene derecho a ser el primero de la fila: el primero de la fila de los que necesitan ayuda política, el primero al que hay que entender que el comunismo lo arruinó, el primero al que hay que atender porque no tiene qué comer y no tiene medicinas. “Ricachones” venidos a menos y que no saben qué fue lo que les pasó, cómo “llegaron a eso”, ni por qué terminaron viviendo en otro país. Un país al que no miran a los ojos porque están soñando con volver a un lugar que sólo existe en el recuerdo. Pero ese recuerdo casi enamorado, nostálgico hasta el idilio, le está impidiendo llegar a la claridad histórica que debemos asumir para que Venezuela exista. Lo que le pasó a Venezuela visto hoy día es una tragedia, pero muchos países tienen su propia tragedia desde hace años (sino pregúntenle a nuestros hermanos cubanos quienes ademas se cansaron de advertirnos lo que venía y no quisimos escuchar). Y es muy duro (también hay que decirlo) tener que ponerse en la cola de países que necesitan ayuda o intervenciones de países mas desarrollados, después de considerarte a ti mismo como un país rico, libre y democrático.


No todos los inmigrantes son malos, ni todos buenos. No todos los venezolanos son malos, ni todos buenos. Voy a arriesgarme a explicar aquí mi ejemplo del equipo, el cual discutí muchas veces con mi madre, la profesora Gloria Cuenca (el cual entendió de una vez, pero que le ha costado años aceptarlo): Si de un equipo de 10 personas 8 son pobres, EL EQUIPO ES POBRE (y esta pobreza puede ser económica, de valores, de moral, de ética del trabajo, solas o combinadas). No importa lo que te digan. No importa que le regalen dinero, uniformes y comida. Si los integrantes (8 de los 10) son pobres, el equipo SIGUE SIENDO POBRE. Pueden ser inteligentes, pero también son pobres. Mi sentido común (que puede evidentemente no coincidir con el de quien lee estas líneas) me hizo llegar a la siguiente conclusión UN PAÍS CON MAYORÍA DE GENTE INTELIGENTE, HONESTA, TRABAJADORA, VALIENTE Y LUCHADORA NO SE PIERDE A MANOS DE UNOS COMUNISTAS ELEGIDOS DEMOCRÁTICAMENTE. Un país petrolero con una bonanza económica del tamaño de la que tuvo Venezuela necesitó UN EJÉRCITO DE MALANDROS Y LADRONES PARA PODER ACABAR CON ELLA. Y cuando digo ejército no me refiero solamente a la Fuerza Armada Nacional, que ha demostrado con creces no solamente su cobardía sino su falta de ética y su avaricia sin límites (valga el dato que en Venezuela hay mas del 90% de impunidad y qué mejor oportunidad para demostrar tus verdaderos valores que la ausencia de castigo), sino también me refiero a todos los que “no se dieron cuenta” de que estaban robando, a los que “se hicieron los locos”. A todos los que no les importó lo que podía pasar si acabábamos con la gallina de los huevos de oro. Ya se sabía (ellos, los ladrones y malandros mucho antes que nosotros, el resto) que no habría castigo, porque ya reinaba la impunidad y no pasaba nada. “Ahora la pesadilla es de todos”. Los que están adentro, los que están afuera, los que robaron, los que no robamos, los del gobierno y los de la oposición. Y hay que admitir que parte de ese ejército emigró también a los países que, hoy llenos de xenofobia contra los venezolanos, nos detestan. No todos nos detestan. Pero por favor, recordemos el ejemplo del equipo y extrapolemos la fórmula (con su probable variación numérica) hacia otras características negativas de nuestro gentilicio. Lo ladrón no te quita lo venezolano, lo buen profesional y buen padre no te hace mas venezolano. Es igualmente venezolana la que se prostituye que la que se gana un premio de investigación. Estamos todos en el mismo saco que determina nuestra denominación de origen: Venezuela. Representan la misma bandera, aunque no de la misma forma. Ni cómo Bolivar soñó. En realidad ellos y nosotros, “los buenos” y “los malos”, en fin todos los venezolanos, compartimos algo: la falta de entendimiento de la relación causa y efecto. Entender que TODO TIENE CONSECUENCIAS, INCLUSO NO HACER NADA TIENE CONSECUENCIAS.


La nacionalidad se lleva en la idiosincracia, en el acento y en las maneras. Así como también en el pasaporte, aunque esté vencido. Somos lo que somos y pareciera que estamos negados a vernos en el contexto comparativo que nos dan (forzosamente, claro está) otras sociedades. Pero sólo así conoceremos bien a esa Venezuela que vive en nosotros y por ahora, en ningún otro lado. Hablo con los venezolanos que vivimos en otros países. Creo que tenemos que construir nuestro país desde afuera hacia adentro también, aprendiendo “la ciudadanía” y “el deber ser” nuevamente de las sociedades que nos abrieron sus puertas. No cubrir nuestros fallos con chistes y bromas. No recitar virtudes que no llegan a nada y son sólo palabras y logros de alguien mas, sino dar un paso adelante con humildad, con disciplina y con fe. Creo que es nuestro deber ASUMIR la Venezuela que somos en este momento (llena de fallos y necesitada de correcciones) y comenzar a construir la Venezuela que PODEMOS SER, aunque sea en el destierro.

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